sábado, 13 de abril de 2013

La Ciencia Economica



 

Si bien por momentos, la tecnología para el procesamiento de la caña de azúcar pareció permanecer detenida en el tiempo, lo cierto es que ésta evolucionó siempre a la par de las necesidades del mercado y de los progresos de la técnica. De esta forma, a lo largo de sus cinco siglos de historia veremos desfilar en las haciendas productoras o en los centrales azucareros diversos métodos y procedimientos basados en la mano de obra indígena, la tracción animal, la fuerza hidráulica o la máquina de vapor.
A finales de los años cuarenta del siglo XX y durante la década de los cincuenta, se diseñaron diversos programas orientados al fomento de la agricultura a través de la Corporación Venezolana de Fomento y del Banco Agrícola y Pecuario. En 1950 fue aprobado el Plan Azucarero Nacional, cuyo objetivo consistía en impulsar el desarrollo y modernización de este sector mediante el apoyo técnico y financiero por parte del Estado a los centrales azucareros existentes y la construcción de nuevas factorías refinadoras. En el momento en que se inició la aplicación de esta política, la brecha entre la oferta y la demanda de azúcar alcanzaba aproximadamente 60.000 toneladas, por lo que era necesario acudir a las importaciones. No obstante, a partir de la aplicación del plan, para 1955, la producción de azúcar ascendió a 144.000 toneladas, con lo que fue posible satisfacer completamente la demanda interna.
El progreso extremadamente lento de la industria del azúcar en Venezuela requirió, para ser superado, de las necesidades y exigencias crecientes del mercado mundial y de las posibilidades e iniciativas nacionales para aprovecharse de ellas. Ello tendría lugar con la llegada del siglo XX, momento en el cual quedarían atrás siglos de pobre rendimiento y poca capacidad competitiva de un rubro cuyas nuevas dinámicas de producción lo hicieron atractivo tanto para la inversión estatal como para los capitales privados.

Las haciendas y unidades para el cultivo y procesamiento de la caña de azúcar en Venezuela durante la época colonial se mantuvieron siempre a la zaga de sus equivalentes en las islas del Caribe. Atraso técnico, escasa competitividad y políticas adversas caracterizaron por entonces nuestra industria azucarera. Avanzado ya el siglo XVIII y mientras el convulso tiempo de la emancipación se aproximaba, políticos y productores con una nueva mentalidad intentaron favorecer, con mayor o menor éxito, el cultivo de la caña en nuestras tierras.

La cañicultura ha transitado un largo camino desde los lejanos tiempos de los tablones cultivados por mano de obra esclava y de los tradicionales trapiches hasta los modernos centrales azucareros del siglo XX. En contraste con el febril movimiento de las grandes factorías, sobreviven aún viejos trapiches que continúan utilizando los métodos del pasado para producir el insustituible papelón. Las haciendas en las que se elaboraba papelón y aguardiente alcanzaron gran difusión desde los tiempos coloniales. Los cañamelares se extendieron por Aragua, Lara y Yaracuy, así como también por diversas localidades de la región oriental e incluso en el Valle de Caracas. Desde Petare hasta Guarenas y Guatire se desplegaban ricos sembradíos de caña de azúcar en torno a prósperos ingenios y pequeños poblados. Aún es posible hallar vestigios en algunos sitios escondidos. En medio de matorrales se ocultan ruinas de los otrora humeantes torreones y restos de trapiches y acueductos que revelan el remoto esplendor de aquellas haciendas, donde se producía papelón y azúcar para preparar sorprendentes variedades de confituras, chocolates y guarapos.

 

Uno de los problemas fundamentales que actualmente confronta la economía venezolana es la insuficiencia de la producción agrícola para satisfacer la demanda interna, lo que ha motivado un gran incremento de las importaciones de alimentos básicos. Permanentemente los especialistas señalan la imperiosa necesidad de aumentar la producción para abastecer el mercado interno, ya que ello está estrechamente vinculado con la "seguridad alimentaria" de la nación.
Esta situación se refleja claramente en el caso concreto del azúcar, artículo de gran importancia para el consumo doméstico e insumo para numerosos renglones industriales.
La cañicultura tiene una larga tradición en Venezuela que se remonta a la época colonial. La producción, destinada básicamente al mercado interno, se llevaba a cabo en la hacienda-trapiche en la cual estaba integrado el proceso completo desde el cultivo hasta la elaboración de papelón y aguardiente.


Para reactivar la agroindustria azucarera se requiere de la ejecución de programas que generen incentivos a la cañicultura y posibiliten su crecimiento tanto en términos de producción como de productividad. Con esta finalidad es imperioso adoptar medidas concretas en materia arancelaría para la introducción en condiciones favorables de insumos, maquinarias y equipos de uso agrícola, así como también brindar asistencia financiera y estimular las labores de Investigación destinadas a elevar los niveles de eficiencia, todo lo cual requiere de abundantes inversiones para modernizar los procesos productivos. Asimismo, es menester brindar bases de seguridad jurídica en el régimen de tenencia de la tierra, para evitar el abandono de los cultivos, dado que la insuficiencia de materia prima constituye una de las dificultades principales para el normal desenvolvimiento de esta rama agroindustrial, sujeta a demás a todo tipo de contingencias naturales.

A fin de resguardar la rentabilidad de esta importante actividad productiva, sería preciso establecer pautas de concertación entre el sector privado y el gobierno para acordar una política de precios sustentada en criterios realistas, con reajustes periódicos que tomen en cuenta la estructura de costos, sin ocasionar graves perjuicios a los consumidores.
Otra medida de gran importancia, orientada a la ampliación del empleo, consiste en impulsar la creación y reactivación de industrias conexas para la utilización de los derivados de la caña e incrementar así la demanda, lo que a su vez redundaría en beneficio de la economía en su conjunto. Por otra parte, el acrecentamiento del suministro de materia prima haría posible que las factorías utilicen una proporción mayor de su capacidad instalada.

A inicios del siglo XXI, el panorama de la agroindustria azucarera se presenta bastante incierto. Con el objetivo de promover su desarrollo sostenido, es indispensable diseñar políticas sectoriales definidas y coherentes que permitan incrementos significativos de la productividad y garanticen además niveles aceptables de rentabilidad. Es de vital importancia restaurar, en un entorno macroeconómico estable y en un clima de confianza, la eficiencia y productividad de la industria azucarera que se caracteriza por sus amplios efectos multiplicadores en la economía y por su alta capacidad para generar empleo tanto agrícola como fabril.

 
Si bien por momentos, la tecnología para el procesamiento de la caña de azúcar pareció permanecer detenida en el tiempo, lo cierto es que ésta evolucionó siempre a la par de las necesidades del mercado y de los progresos de la técnica. De esta forma, a lo largo de sus cinco siglos de historia veremos desfilar en las haciendas productoras o en los centrales azucareros diversos métodos y procedimientos basados en la mano de obra indígena, la tracción animal, la fuerza hidráulica o la máquina de vapor.

A finales de los años cuarenta del siglo XX y durante la década de los cincuenta, se diseñaron diversos programas orientados al fomento de la agricultura a través de la Corporación Venezolana de Fomento y del Banco Agrícola y Pecuario. En 1950 fue aprobado el Plan Azucarero Nacional, cuyo objetivo consistía en impulsar el desarrollo y modernización de este sector mediante el apoyo técnico y financiero por parte del Estado a los centrales azucareros existentes y la construcción de nuevas factorías refinadoras. En el momento en que se inició la aplicación de esta política, la brecha entre la oferta y la demanda de azúcar alcanzaba aproximadamente 60.000 toneladas, por lo que era necesario acudir a las importaciones. No obstante, a partir de la aplicación del plan, para 1955, la producción de azúcar ascendió a 144.000 toneladas, con lo que fue posible satisfacer completamente la demanda interna.

El progreso extremadamente lento de la industria del azúcar en Venezuela requirió, para ser superado, de las necesidades y exigencias crecientes del mercado mundial y de las posibilidades e iniciativas nacionales para aprovecharse de ellas. Ello tendría lugar con la llegada del siglo XX, momento en el cual quedarían atrás siglos de pobre rendimiento y poca capacidad competitiva de un rubro cuyas nuevas dinámicas de producción lo hicieron atractivo tanto para la inversión estatal como para los capitales privados.

Las haciendas y unidades para el cultivo y procesamiento de la caña de azúcar en Venezuela durante la época colonial se mantuvieron siempre a la zaga de sus equivalentes en las islas del Caribe. Atraso técnico, escasa competitividad y políticas adversas caracterizaron por entonces nuestra industria azucarera. Avanzado ya el siglo XVIII y mientras el convulso tiempo de la emancipación se aproximaba, políticos y productores con una nueva mentalidad intentaron favorecer, con mayor o menor éxito, el cultivo de la caña en nuestras tierras.
 
La cañicultura ha transitado un largo camino desde los lejanos tiempos de los tablones cultivados por mano de obra esclava y de los tradicionales trapiches hasta los modernos centrales azucareros del siglo XX. En contraste con el febril movimiento de las grandes factorías, sobreviven aún viejos trapiches que continúan utilizando los métodos del pasado para producir el insustituible papelón. Las haciendas en las que se elaboraba papelón y aguardiente alcanzaron gran difusión desde los tiempos coloniales. Los cañamelares se extendieron por Aragua, Lara y Yaracuy, así como también por diversas localidades de la región oriental e incluso en el Valle de Caracas. Desde Petare hasta Guarenas y Guatire se desplegaban ricos sembradíos de caña de azúcar en torno a prósperos ingenios y pequeños poblados. Aún es posible hallar vestigios en algunos sitios escondidos. En medio de matorrales se ocultan ruinas de los otrora humeantes torreones y restos de trapiches y acueductos que revelan el remoto esplendor de aquellas haciendas, donde se producía papelón y azúcar para preparar sorprendentes variedades de confituras, chocolates y guarapos.



 

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