Si bien por momentos, la
tecnología para el procesamiento de la caña de azúcar pareció permanecer
detenida en el tiempo, lo cierto es que ésta evolucionó siempre a la par de las
necesidades del mercado y de los progresos de la técnica. De esta forma, a lo largo
de sus cinco siglos de historia veremos desfilar en las haciendas productoras o
en los centrales azucareros diversos métodos y procedimientos basados en la
mano de obra indígena, la tracción animal, la fuerza hidráulica o la máquina de
vapor.
A finales de los años cuarenta
del siglo XX y durante la década de los cincuenta, se diseñaron diversos
programas orientados al fomento de la agricultura a través de la Corporación Venezolana
de Fomento y del Banco Agrícola y Pecuario. En 1950 fue aprobado el Plan
Azucarero Nacional, cuyo objetivo consistía en impulsar el desarrollo y
modernización de este sector mediante el apoyo técnico y financiero por parte
del Estado a los centrales azucareros existentes y la construcción de nuevas
factorías refinadoras. En el momento en que se inició la aplicación de esta
política, la brecha entre la oferta y la demanda de azúcar alcanzaba
aproximadamente 60.000 toneladas, por lo que era necesario acudir a las
importaciones. No obstante, a partir de la aplicación del plan, para 1955, la
producción de azúcar ascendió a 144.000 toneladas, con lo que fue posible
satisfacer completamente la demanda interna.
El progreso extremadamente lento
de la industria del azúcar en Venezuela requirió, para ser superado, de las
necesidades y exigencias crecientes del mercado mundial y de las posibilidades
e iniciativas nacionales para aprovecharse de ellas. Ello tendría lugar con la
llegada del siglo XX, momento en el cual quedarían atrás siglos de pobre
rendimiento y poca capacidad competitiva de un rubro cuyas nuevas dinámicas de
producción lo hicieron atractivo tanto para la inversión estatal como para los
capitales privados.
Las haciendas y unidades para el
cultivo y procesamiento de la caña de azúcar en Venezuela durante la época
colonial se mantuvieron siempre a la zaga de sus equivalentes en las islas del
Caribe. Atraso técnico, escasa competitividad y políticas adversas caracterizaron
por entonces nuestra industria azucarera. Avanzado ya el siglo XVIII y mientras
el convulso tiempo de la emancipación se aproximaba, políticos y productores
con una nueva mentalidad intentaron favorecer, con mayor o menor éxito, el
cultivo de la caña en nuestras tierras.
La cañicultura ha transitado un
largo camino desde los lejanos tiempos de los tablones cultivados por mano de
obra esclava y de los tradicionales trapiches hasta los modernos centrales
azucareros del siglo XX. En contraste con el febril movimiento de las grandes
factorías, sobreviven aún viejos trapiches que continúan utilizando los métodos
del pasado para producir el insustituible papelón. Las haciendas en las que se
elaboraba papelón y aguardiente alcanzaron gran difusión desde los tiempos
coloniales. Los cañamelares se extendieron por Aragua, Lara y Yaracuy, así como
también por diversas localidades de la región oriental e incluso en el Valle de
Caracas. Desde Petare hasta Guarenas y Guatire se desplegaban ricos sembradíos
de caña de azúcar en torno a prósperos ingenios y pequeños poblados. Aún es
posible hallar vestigios en algunos sitios escondidos. En medio de matorrales
se ocultan ruinas de los otrora humeantes torreones y restos de trapiches y
acueductos que revelan el remoto esplendor de aquellas haciendas, donde se
producía papelón y azúcar para preparar sorprendentes variedades de confituras,
chocolates y guarapos.
Uno de los problemas
fundamentales que actualmente confronta la economía venezolana es la
insuficiencia de la producción agrícola para satisfacer la demanda interna, lo
que ha motivado un gran incremento de las importaciones de alimentos básicos.
Permanentemente los especialistas señalan la imperiosa necesidad de aumentar la
producción para abastecer el mercado interno, ya que ello está estrechamente
vinculado con la "seguridad alimentaria" de la nación.
Esta situación se refleja
claramente en el caso concreto del azúcar, artículo de gran importancia para el
consumo doméstico e insumo para numerosos renglones industriales.
La cañicultura tiene una larga
tradición en Venezuela que se remonta a la época colonial. La producción,
destinada básicamente al mercado interno, se llevaba a cabo en la
hacienda-trapiche en la cual estaba integrado el proceso completo desde el
cultivo hasta la elaboración de papelón y aguardiente.
Para reactivar la agroindustria
azucarera se requiere de la ejecución de programas que generen incentivos a la
cañicultura y posibiliten su crecimiento tanto en términos de producción como
de productividad. Con esta finalidad es imperioso adoptar medidas concretas en
materia arancelaría para la introducción en condiciones favorables de insumos,
maquinarias y equipos de uso agrícola, así como también brindar asistencia
financiera y estimular las labores de Investigación destinadas a elevar los niveles
de eficiencia, todo lo cual requiere de abundantes inversiones para modernizar
los procesos productivos. Asimismo, es menester brindar bases de seguridad
jurídica en el régimen de tenencia de la tierra, para evitar el abandono de los
cultivos, dado que la insuficiencia de materia prima constituye una de las
dificultades principales para el normal desenvolvimiento de esta rama
agroindustrial, sujeta a demás a todo tipo de contingencias naturales.
A fin de resguardar la
rentabilidad de esta importante actividad productiva, sería preciso establecer
pautas de concertación entre el sector privado y el gobierno para acordar una
política de precios sustentada en criterios realistas, con reajustes periódicos
que tomen en cuenta la estructura de costos, sin ocasionar graves perjuicios a
los consumidores.
Otra medida de gran importancia,
orientada a la ampliación del empleo, consiste en impulsar la creación y
reactivación de industrias conexas para la utilización de los derivados de la
caña e incrementar así la demanda, lo que a su vez redundaría en beneficio de
la economía en su conjunto. Por otra parte, el acrecentamiento del suministro
de materia prima haría posible que las factorías utilicen una proporción mayor
de su capacidad instalada.
A inicios del siglo XXI, el
panorama de la agroindustria azucarera se presenta bastante incierto. Con el
objetivo de promover su desarrollo sostenido, es indispensable diseñar políticas
sectoriales definidas y coherentes que permitan incrementos significativos de
la productividad y garanticen además niveles aceptables de rentabilidad. Es de
vital importancia restaurar, en un entorno macroeconómico estable y en un clima
de confianza, la eficiencia y productividad de la industria azucarera que se
caracteriza por sus amplios efectos multiplicadores en la economía y por su
alta capacidad para generar empleo tanto agrícola como fabril.
Si bien por momentos, la
tecnología para el procesamiento de la caña de azúcar pareció permanecer
detenida en el tiempo, lo cierto es que ésta evolucionó siempre a la par de las
necesidades del mercado y de los progresos de la técnica. De esta forma, a lo largo
de sus cinco siglos de historia veremos desfilar en las haciendas productoras o
en los centrales azucareros diversos métodos y procedimientos basados en la
mano de obra indígena, la tracción animal, la fuerza hidráulica o la máquina de
vapor.
A finales de los años cuarenta
del siglo XX y durante la década de los cincuenta, se diseñaron diversos
programas orientados al fomento de la agricultura a través de la Corporación Venezolana
de Fomento y del Banco Agrícola y Pecuario. En 1950 fue aprobado el Plan
Azucarero Nacional, cuyo objetivo consistía en impulsar el desarrollo y
modernización de este sector mediante el apoyo técnico y financiero por parte
del Estado a los centrales azucareros existentes y la construcción de nuevas
factorías refinadoras. En el momento en que se inició la aplicación de esta
política, la brecha entre la oferta y la demanda de azúcar alcanzaba
aproximadamente 60.000 toneladas, por lo que era necesario acudir a las
importaciones. No obstante, a partir de la aplicación del plan, para 1955, la
producción de azúcar ascendió a 144.000 toneladas, con lo que fue posible
satisfacer completamente la demanda interna.
El progreso extremadamente lento
de la industria del azúcar en Venezuela requirió, para ser superado, de las
necesidades y exigencias crecientes del mercado mundial y de las posibilidades
e iniciativas nacionales para aprovecharse de ellas. Ello tendría lugar con la
llegada del siglo XX, momento en el cual quedarían atrás siglos de pobre
rendimiento y poca capacidad competitiva de un rubro cuyas nuevas dinámicas de
producción lo hicieron atractivo tanto para la inversión estatal como para los
capitales privados.
Las haciendas y unidades para el
cultivo y procesamiento de la caña de azúcar en Venezuela durante la época
colonial se mantuvieron siempre a la zaga de sus equivalentes en las islas del
Caribe. Atraso técnico, escasa competitividad y políticas adversas caracterizaron
por entonces nuestra industria azucarera. Avanzado ya el siglo XVIII y mientras
el convulso tiempo de la emancipación se aproximaba, políticos y productores
con una nueva mentalidad intentaron favorecer, con mayor o menor éxito, el
cultivo de la caña en nuestras tierras.
La cañicultura ha transitado un
largo camino desde los lejanos tiempos de los tablones cultivados por mano de
obra esclava y de los tradicionales trapiches hasta los modernos centrales
azucareros del siglo XX. En contraste con el febril movimiento de las grandes
factorías, sobreviven aún viejos trapiches que continúan utilizando los métodos
del pasado para producir el insustituible papelón. Las haciendas en las que se
elaboraba papelón y aguardiente alcanzaron gran difusión desde los tiempos
coloniales. Los cañamelares se extendieron por Aragua, Lara y Yaracuy, así como
también por diversas localidades de la región oriental e incluso en el Valle de
Caracas. Desde Petare hasta Guarenas y Guatire se desplegaban ricos sembradíos
de caña de azúcar en torno a prósperos ingenios y pequeños poblados. Aún es
posible hallar vestigios en algunos sitios escondidos. En medio de matorrales
se ocultan ruinas de los otrora humeantes torreones y restos de trapiches y
acueductos que revelan el remoto esplendor de aquellas haciendas, donde se
producía papelón y azúcar para preparar sorprendentes variedades de confituras,
chocolates y guarapos.
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